El Viejo Oriente

Relatos de viaje por Oriente, de Constantinopla a Jerusalén

Antes de ser un destino, Oriente fue un camino de peregrinación. Hacia el año 380, una mujer llegada de Occidente, Egeria, describe los Santos Lugares y la liturgia de Jerusalén en un diario dirigido a las hermanas que se habían quedado en su tierra. Durante mil años, Tierra Santa sigue siendo la gran meta del viaje cristiano. En el siglo XV, las galeras de Venecia llevan allí cada primavera a peregrinos que escriben su diario: el precio de los asnos, el calor, las indulgencias ganadas, las disputas de los cristianos orientales en el Santo Sepulcro. El dominico Félix Fabri, de Ulm, hace dos veces el viaje, en 1480 y en 1483, y deja uno de los relatos más vivos de su época.

La mirada no viaja solo de oeste a este. El peregrino andalusí Ibn Yubair atraviesa Egipto, Arabia y la Siria de las cruzadas en 1183-1185 y se asombra al ver a mercaderes cristianos y musulmanes comerciar en plena guerra. Ibn Battuta sale de Tánger hacia La Meca en 1325 y no vuelve a Marruecos hasta veinticuatro años después. En el siglo XVII, el otomano Evliya Çelebi dedica su vida a describir el imperio, de Egipto a los Balcanes, en diez volúmenes.

Con el poder otomano, el viaje se vuelve asunto de Estado. Embajadores, dragomanes y cautivos describen Constantinopla, la corte del sultán y los ejércitos en campaña. Ogier Ghiselin de Busbecq, enviado de Fernando I ante Solimán el Magnífico de 1554 a 1562, trae consigo manuscritos, tulipanes según la tradición, y cartas de rara finura. En la Persia safávida, los comerciantes de piedras preciosas Jean-Baptiste Tavernier y Jean Chardin describen en las décadas de 1660 y 1670 Isfahán, sus palacios, sus caravasares y sus bazares. Su Oriente es el del comercio: preciso, cifrado, atento a las rutas y a las monedas.

El siglo XIX cambia de escala. La expedición de Bonaparte a Egipto, en 1798, lleva consigo a más de ciento cincuenta sabios, cuya Description de l'Égypte tardará veinte años en publicarse. Chateaubriand viaja a Jerusalén en 1806, Lamartine en 1832-1833, y Flaubert remonta el Nilo en 1849-1850. Oriente se vuelve decorado, objeto de estudio y terreno de investigación bíblica: arqueólogos, misioneros, filólogos y primeros turistas recorren Palestina, Siria y el Líbano con la Biblia en una mano y el levantamiento topográfico en la otra. De un texto a otro se ve cómo una misma tierra fue rezada, codiciada, medida y, por fin, soñada.

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